Davos: “Sin naturaleza no hay humanidad”
- Las Nativas

- hace 1 día
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En los últimos días, durante el Foro Económico Mundial de Davos, donde se reúnen los líderes económicos del mundo, volvió a escucharse una frase que resume una verdad tan evidente como ignorada: “Sin naturaleza no hay humanidad”.
Según informes presentados allí, más del 53% del PBI global depende directamente de la naturaleza. Sectores como la agricultura, la pesca, la construcción, la energía, la industria farmacéutica y el turismo se sostienen gracias a los servicios que proveen los ecosistemas: agua dulce, suelos fértiles, polinización, regulación del clima y biodiversidad.
El informe alerta que la degradación ambiental y la pérdida acelerada de biodiversidad representan uno de los mayores riesgos económicos globales para las próximas décadas.
Al mismo tiempo, el gobierno inglés publicó recientemente un estudio que advierte que el capital natural —es decir, los recursos y sistemas vivos que sostienen la economía— está siendo erosionado a un ritmo que compromete la estabilidad futura de los países.
Y sin embargo, pese a estas advertencias claras y contundentes, la naturaleza sigue siendo el bien más devaluado del planeta.Un bien que actuamos como si pudiéramos explotar de manera indefinida, sin consecuencias para nuestra propia especie.
Uruguay no es una excepción
Podríamos pensar que esto es un problema de las grandes potencias. No lo es.
En Uruguay, más del 70% del territorio está destinado a actividades agropecuarias. La ganadería y la agricultura sostienen buena parte de nuestra economía. El agua, los suelos y los pastizales naturales son literalmente nuestro capital productivo.
Sin embargo:
Más del 90% del monte nativo original ha sido transformado o reducido.
Nuestros pastizales naturales —uno de los ecosistemas más valiosos de nuestro pais— están bajo presión constante.
La erosión de suelos sigue siendo un problema estructural.
Los cursos de agua muestran signos crecientes de contaminación por nutrientes y agroquímicos.
Vivimos de la naturaleza, pero no siempre vivimos en coherencia con ella.
¿Por qué nos enfrentamos a lo natural?
¿Cómo hemos desarrollado una cultura tan confrontativa con la naturaleza?¿Por qué creemos que podemos vivir sin ella?
La frágil situación actual no es producto de un error reciente. Es el resultado de una larga evolución cultural y biológica.
Desde su aparición en la Tierra, los seres humanos debieron sobrevivir en entornos hostiles. Aquellos individuos que permanecían en alerta constante frente a depredadores y amenazas tenían mayores probabilidades de sobrevivir. Con el tiempo, la selección natural favoreció a quienes estaban preparados para defenderse y eliminar riesgos.
Somos descendientes de esos humanos que vivían a la defensiva, atentos al peligro.
Agricultura, dominio y expansión
Con el surgimiento de la agricultura, esta relación de confrontación se profundizó. Proteger cultivos y animales domesticados implicaba eliminar todo aquello que representara una amenaza.
El desarrollo de herramientas cada vez más sofisticadas convirtió al ser humano en un cazador altamente eficiente. En distintas regiones del planeta, muchas especies fueron diezmadas a medida que la presencia humana se volvía permanente.
Sin embargo, durante miles de años, la baja densidad poblacional permitía que los ecosistemas se regeneraran. La “capacidad de carga” del planeta —es decir, su capacidad para recuperarse— era suficiente para compensar la presión humana.
Hoy la situación es radicalmente distinta.
La población humana es aproximadamente 1.600 veces mayor que en los inicios de la agricultura. Somos más de 8.000 millones de personas ocupando prácticamente cada rincón del planeta. Y las tecnologías con las que intervenimos la naturaleza han crecido de forma exponencial en potencia y alcance.
Revolución industrial y desconexión
La Revolución Industrial marcó un punto de inflexión. La urbanización masiva y la producción a gran escala nos alejaron físicamente de los ecosistemas que sostienen nuestra vida.
Poco a poco, perdimos la conciencia de nuestra dependencia de lo natural.
Hoy asociamos una economía “saludable” con crecimiento continuo, aumento del consumo y expansión permanente de la producción. Pero ese modelo implica una extracción acelerada de recursos y la alteración de equilibrios que tardaron millones de años en desarrollarse.
Durante un tiempo, esta cultura de dominio pareció exitosa.Controlamos depredadores.Reducimos riesgos.Extendimos nuestra esperanza de vida.Multiplicamos nuestra capacidad productiva.
Pero ahora enfrentamos una nueva amenaza.
El nuevo riesgo: nosotros mismos
El peligro actual no proviene de la naturaleza.Proviene de nuestros excesos.
La naturaleza ya no tiene la misma capacidad de recuperación frente al impacto acumulado de 8.000 millones de personas consumiendo recursos sin una comprensión profunda de la fragilidad del sistema que habitamos.
La degradación de suelos, la deforestación, la pérdida de biodiversidad, la contaminación del agua y el cambio climático no son eventos aislados: son síntomas de una misma cultura que considera a la naturaleza un recurso infinito.
¿Hacia dónde vamos?
¿Qué consecuencias puede tener esta cultura del consumo ilimitado, la urbanización acelerada y la negación del valor intrínseco de la naturaleza?
Las respuestas no son simples, pero la historia ofrece claves.
En los próximos capítulos analizaremos experiencias concretas —algunas de colapso, otras de regeneración— que pueden ayudarnos a comprender qué caminos nos acercan a un futuro sustentable y cuáles nos alejan de él.
Tal vez, al mirar hacia atrás, podamos encontrar la dirección correcta hacia adelante.
Porque si algo queda claro es que sin naturaleza no hay economía y sin economía no hay humanidad.




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